Novicia Valeria

Adepta Sororita

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· 3:33 AM ·

La misma hora todas las noches. Desde que tenía memoria, Valeria no recordaba una sola noche sin despertarse a esa hora. 12 años atrás, cuando murió su madre, empezó a tomar consciencia de que era siempre exactamente la misma hora. Ni un minuto más ni uno menos. Con los años llegó a ser incapaz de volver a dormirse cuando su infalible alarma interior la despertaba. Nunca se había preguntado por qué le pasaba eso, pero una vez un tipo le dijo que en una cultura de muchos milenios atrás ese número significaba algo relacionado con dioses antiguos. Blasfemias, obviamente. Además, el tipo en cuestión era un invitado a una de las fiestas para señores y nobles de Terra a las que su padre le obligaba a ir. Nadie de quien uno se pueda fiar. Quizá fuera más fácil pensar así después de ver cómo el hombre era ajusticiado públicamente por la inquisición. Quizá Valeria hubiera tenido algo que ver con eso. Quizá el hombre fue un auténtico imprudente al blasfemar de una forma tan impúdica delante de una chica tan devota como Valeria. La primera vez que Valeria habló de su problema fue también la última vez que habló con su madre. Acababa de abrir los ojos y estaba intercambiando miradas con el reloj que colgaba de la pared de su cuarto. Entonces su madre entró y con la ternura que la caracterizaba preguntó:

- ¿Qué haces despierta a estas horas, estrellita?

- No sé, creo que he oído ruido. ¿Y tú, mamá?

- Tu padre está muy nervioso por el negocio que tiene que cerrar mañana. Ya sabes que no puede estarse quieto cuando se pone nervioso. Ya no aguantaba más viéndole dar vueltas por la habitación. Además, hace mucho que no dormimos juntas, ¿no crees?

Valeria le regaló una sonrisa de complicidad a su madre mientras ésta le acariciaba el pelo. Después se acurrucó en la cama con ella, cerró los ojos y esa noche pudo volver a dormirse. Cuando despertó ya sólo quedaba su hueco en la cama. Nunca más volvió a verla. Al parecer contrajo una rara enfermedad durante el viaje que pudo con ella. Recordaba perfectamente que, al volver, lo primero que tuvo el valor de decirle su padre fue que había conseguido cerrar el negocio. No le hubiera podido perdonar eso ni en tres vidas. Poco tiempo después, el padre de Valeria aparecía con mujeres, aparentemente para hacer negocios. Al principio Valeria lo aceptó a regañadientes, porque pensaba que con mamá jamás hubieran venido a hacer negocios a casa, pero si eso ayudaba a traer dinero, no le quedaba más remedio. Esas mujeres entraban en casa, se iban a hablar con su padre durante unas pocas horas y luego desaparecían. La mentira no tardó mucho en desvelarse; tanto como Valeria tardó en entender lo que era el sexo y los tratos a cambio de él. Con el tiempo, Valeria desarrolló una repulsión hacia su padre que era incapaz de soportar. Era como tener a un desconocido en casa. Pero él parecía no prestarle la más mínima atención. No pasó mucho hasta que Valeria se interesó por ingresar en las Sororitas. Era la mejor forma de alejarse de su padre y de aplicar su férrea fe para servir al Emperador. Tras dos años de estudio y entrenamiento sin descanso, un día llegó un mensaje para Valeria. Era de la orden de Nuestra Señora Mártir. Había sido aceptada como novicia. Fue la primera vez en 12 años que Valeria pudo sonreír de forma sincera. Incluso por un momento olvidó el enfado que había arrastrado consigo durante tantos años y corrió a darle la noticia a su padre. Entró en su estudio abriendo la puerta de par en par, donde parecía que él estaba leyendo algo.

- ¡Papá! ¡Me han aceptado como novicia!

- ¿Novicia…? ¿Dónde?

- En las Sororitas. ¡Iré a la orden de Nuestra Señora Mártir!

El padre de Valeria, que no se había girado ni había dejado de leer, en ese momento alzó la mirada hacia el vacío, mantuvo tres segundos de silencio y luego volvió la vista a su libro de nuevo.

- Muy bien.

Valeria recordó de golpe por qué estaba ingresando en las sororitas. No era sólo su devoción por el Emperador, también su repulsión por su padre. Por si fuera poco, le pareció sentir que la habitación en la que estaba la rechazaba. Había algún tipo de fuerza ahí dentro que la hacía sentir incómoda. Probablemente la inmensa estupidez del hombre que la engendró.

- Por cierto, sabes que no me gusta nada que entres sin llamar. Que no vuelva a pasar.

- No volverá a pasar, padre.

Valeria corrió hacia su cuarto y empezó a hacer la maleta a toda velocidad. Estaba saliendo por la puerta cuando recordó que se había dejado la pistola en su cajón. ¡La pistola ni más ni menos! Volvió corriendo hacía su habitación y allí se encontró con una sorpresa: su padre estaba allí, arrastrando la cama hacia un lado. Cuando Valeria entró y se quedó sorprendida, él se giró y dejó de empujar la cama. Entonces se levantó y se puso cerca de Valeria.

- Creía que te habías ido ya.

- Me he dejado unas cosas.

- Está bien. No tardes mucho.

- No tardaré.

El padre de Valeria salió de la habitación. Parecía tener prisa. ¿Por qué diantres estaba moviendo su cama? De todas formas era un imbécil, que hiciera lo que le viniera en gana, Valeria no estaría allí para verlo, ni le importaba lo más mínimo. Cuando salió de sus pensamientos, Valeria recogío su pistola del cajón, y cuando volvió a mirar la cama, antes de salir para siempre de allí, se fijó en el reloj de su cuarto. Ese reloj que cada noche podía ver a la misma hora. Le pareció interesante llevárselo, así que lo descolgó y se fue de aquel nido de odio. El viaje hasta el convento Sanctorum duró unas cuantas horas, que a Valeria le parecieron larguísimas. Al llegar, se encontró con otras cuantas muchachas que esperaban impacientes en la puerta. Murmuraban que habían visto a un inquisidor entrar allí, parecía importante. Valeria permaneció en la entrada estoicamente, hasta que una hermana de batalla, embutida en su servoarmadura, salió y se dirigió a ellas.

- ¡Hermanas novicias! Sentimos comunicaros que ha habido un malentendido burocrático. Hoy no podéis ingresar en el convento. Tendréis que volver mañana a la misma hora. Os pido disculpas en nombre de todas. ¡Mañana seréis recibidas como es debido!

Algunas de las chicas de allí, aunque no muchas, se quejaron del inconveniente. Valeria se quedó paralizada y con la boca abierta mirando a la hermana de batalla, que le devolvió la mirada antes de cerrar la puerta del convento. No podía creer que tuviera que volver con su padre una noche más. Ni siquiera sabía si iba a encontrar su cama en su sitio. Tras asumir que eso iba a ser así, emprendió el viaje de vuelta. Al llegar a su casa de nuevo, se quedó observándola de lejos durante unos minutos. Valeria empezó a sentir escalofríos ante la idea de pasar esa noche allí. Se había hecho muy tarde, hacía ya un tiempo que era de noche y Valeria empezó a tener sueño. Se preguntaba cuanto tiempo le quedaría. Entonces recordó que se había llevado el reloj de su cuarto y miró la hora antes de entrar. Las 2:19 AM. Maldita sea, una hora de sueño. Al darse cuenta de que iba a ser un sueño corto, Valeria se apresuró a entrar. De todas formas una noche no era para tanto. Cuando abrió la puerta Valeria intentó encontrar respuesta a su saludo, pero no obtuvo más que silencio. Al parecer su padre no estaba. Sintió algún que otro escalofrío el cruzar el pasillo que llevaba a su cuarto. Se sentía como cuando entró en el estudio de su padre, pero ahora toda la casa le transmitía esa sensación. En su cuarto, las cosas seguían como cuando se había ido, y eso en cierto modo le sorprendió. Dejó la mochila al lado de la cama, colgó el cinturón con las armas y el libro sagrado en la silla de su escritorio y se llevó el reloj a la cama. Se tumbó con el reloj entre las manos y delante de sus ojos. Como su el convencimiento de su mirada pudiera hacer que el tiempo la dejara dormir un poco más…

· 3:33 AM ·

Valeria abrió los ojos. Se encontró de frente con su reloj, que marcaba la hora de siempre. No le dio tiempo a maldecir su suerte cuando oyó la puerta de casa abrirse. Estaba muy inquieta, porque no sabía cómo le iba a sentar a su padre que estuviera ahí. No es que nunca supiera muy bien cómo le iba a sentar nada, pero esta vez le preocupaba más. Unos segundos después de que se cerrara la puerta principal, pudo oír cómo su padre empezaba a hablar. Pero no hablaba su idioma. De hecho no se parecía a ningún idioma del que Valeria hubiera oído algo. Además, parecía que hablaba con otra persona. Sí, definitivamente se podían distinguir dos tonos de voz en esa conversación, el de su padre y otro más gutural, ambos hablando esa lengua extraña. Su intuición le decía que algo malo iba a pasar, así que se apresuró a recoger sus cosas y las escondió en su armario. Lo único que se quedó para ella fue su pistola. Mientras la observaba preguntándose si tendría que utilizarla, pudo distinguir claramente hacia dónde se dirigían los pasos de su padre y su acompañante: hacia ella. Corrió a esconderse en el armario. Los pasos estaban cada vez más cerca. ¡Se había dejado el reloj encima de la cama! Se apresuró a esconderlo, pero no le daba tiempo a volver al armario, así que eligió el escondite más rápido. Debajo de la cama. Estaba ahí parapetada con su reloj y su pistola, cuando su padre abrió la puerta. Tan solo podía verle hasta las rodillas, pero sabía que era él. Empezó a hablar esa lengua extraña. Le respondían. ¿Quién le estaba respondiendo? No había nadie más. Las palabras cesaron, y el padre de Valeria dio unos pasos hacia dentro. De pronto Valeria sintió esa mala sensación otra vez. La misma que había en el estudio y que después invadió toda la casa, pero ahora era mucho más intensa. Debía ser ansiedad, estaba muy nerviosa. Su padre no dejaba de hablar ese idioma extraño. Cuando se acercó y Valeria pudo escuchar de más cerca a su padre se dio cuenta de lo que estaba pasando; la otra voz también era su padre. Pero esa voz parecía venir de otra cosa. Como si su padre tuviera a alguien dentro, tratando de hablar desde el fondo de su garganta. Ese diálogo escalofriante siguió durante unos cuantos segundos más. Después su padre salió de su habitación y cerró la puerta de un portazo. Valeria no podía dar crédito a lo que acababa de presenciar. ¿Qué se suponía que estaba haciendo su padre? Miró el reloj de nuevo, casi por casualidad, y éste marcaba exactamente la misma hora que cuando se había despertado. 3:33 AM. Era imposible. Debía haberse roto. Maldito trasto. Después giró la mirada hacia lo que aguantaba con la otra mano; su pistola. Por un momento, Valeria sintió un valor y una convicción que no había sentido antes jamás. Salió de debajo de la cama, con la pistola en la mano, decidida a pedir explicaciones. Fue hasta el estudio de su padre, donde ella estaba convencida que lo encontraría. Abrió la puerta rápidamente, con la pistola apuntando. Nadie. Él no estaba allí. Cuando se adelantó para inspeccionar la habitación sintió unas punzadas en el estómago que casi la hacen vomitar. Esa fuerza que la llevaba incordiando todo el día se hizo mucho más potente allí dentro. Tosió dos veces, conteniendo el ruido lo más que pudo, y mientras se secaba la saliva de los labios le pareció ver luz detrás de una de las estanterías. Sin duda estaba allí. Se acercó y separó la estantería de la pared. No le sorprendió encontrar una puerta, pero sí lo que había inscrito en ella. Era un símbolo. Uno que no había visto nunca.

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Sin duda su padre estaba allí detrás. Valeria tomó aire fuerte antes de abrir la puerta. Todavía sentía retortijones. Escupió en el suelo y tiró la puerta abajo de un par de disparos. Al entrar un destello la cegó. Cuando su vista se recuperó pudo ver que la habitación estaba llena de fuego. Pero no parecía quemarse. Además el fuego era de un color fucsia muy perturbador. Dio unos cuantos pasos hacia adelante y le pareció ver algo entre las llamas. ¡Eran cadáveres! Incluso pudo reconocer a alguna de las “mujeres de negocios” que su padre había traído alguna vez. Estaban descuartizadas y parecía como si el fuego mantuviera los cuerpos frescos. Cuando alzó la vista vió a su padre. Estaba de cuclillas, casi encima del fuego, en una esquina. Se dio cuenta enseguida de lo que estaba pasando y esta vez fue incapaz de contener el vómito. Su padre se las estaba comiendo. Cabía esperar que reaccionara ante el ruido del vómito de su hija. Pero estaba en un trance. Y no sólo comía, parecía regocijarse excesivamente con el banquete; se relamía los dedos constantemente, se restregaba la sangre de las mujeres por la cara e incluso parecía que soltaba algún que otro gemido de placer. Cuando Valeria se recuperó del vómito y vió que el trance de aquella cosa (a la que no se atrevería a llamar padre otra vez) era imperturbable, le apuntó con la pistola y entonó en voz alta:

- ¡Ha sido usted hallado en actos en contra del Credo Imperial! ¡En nombre del Ordo Hereticus y del Dios-Emperador de la humanidad…!

- ¡¿Valeria?! dijo sobresaltado mientras se encaraba a la muchacha.

- ¡… Yo os condeno señor por brujería, traición y adulación…!

- ¡Te dije que llamaras a la puerta! empezó a correr hacia Valeria.

- ¡¡¡… A ser ejecutado!!!

· 7:41 AM ·

La hermana de batalla entró en la celda de la Canonesa.

- ¿Qué te ocurre, hermana? Pareces sobresaltada.

- Estoy preocupada.

- ¿Qué es lo que te preocupa?

- La novicia nueva, Valeria. No me parece buena idea haberla dejado entrar.

- A la inquisición le pareció bien, ¿por qué a ti no?

- No lo sé. No entiendo este acto de indulgencia con ella. ¿Desde cuando se deja vivir a un familiar directo de un adorador de dioses oscuros? Vivió en la misma casa, ¿cómo podemos estar seguras de que no estamos siendo observadas por el dios de su padre ahora mismo? Ya me pareció una persona extraña cuando la vi el primer día en la puerta del convento.

- Hermana, la estrella no te deja ver el firmamento. ¿No recuerdas acaso cómo nació esta orden? ¿Te parece que repasemos un poco de historia?

- No es necesario, Canonesa. Todas conocemos la traición a la que fuimos sometidas a las órdenes de Vandire.

- Entonces, ¿cómo crees que nuestro señor, el Emperador, pudo llegar a fiarse de nosotras? Habíamos seguido las órdenes de un hereje durante muchos años. Incluso le defendimos de su ejecución al principio.

- No me hago a la idea, Canonesa.

- Actos de fe, hermana. Esa chica no dudó un segundo en apretar el gatillo contra su propio padre, que se había convertido en un hereje. Trajo su cuerpo inerte hasta aquí mientras seguía cubierta de sangre y no quiso aceptar ni un solo crédito de la herencia que le pertenecía. Lo donó todo a nuestra causa y al Ordo Hereticus.

- Sí, pero aún así…

- Y aún así, no contenta con eso, se encargó personalmente de destruir lo que fue su casa y de certificar las muertes de las mujeres que había ahí dentro, dando la cara ante sus familias, casi todas nobles. ¿Te parece poco? Recuerda también quién es la mujer que da nombre a nuestra orden, hermana. Santa Katherine, que fue martirizada por un culto herético, así como está chica ha sido torturada toda su vida por su padre. Esa chica es lo más parecido a una santa que puede ser una niña de 16 años.

- Ahora veo mi error, Canonesa.

- Que el Emperador guíe tus pasos. Por cierto, despiértala, creo que aún sigue dormida. La muchacha ha tenido unos días agotadores, pero ya es hora de que empiece a entrenarse de verdad.

- Así se hará, Canonesa.

Bio:

Novicia Valeria

Hereticus Tenebrae Ttawers miquelpm1988